Columna del Obispo de San Bernardo: Familia, autoridad y rebeldía juvenil

0
105

OPINIÓN.- Muchos padres, profesores y educadores se preguntan hoy por qué a tantos jóvenes les cuesta aceptar una corrección, obedecer una indicación o reconocer la autoridad de otro. La respuesta no es simple. No se trata solamente de rebeldía ni de falta de respeto. Detrás de estas conductas puede haber experiencias familiares, afectivas y sociales que conviene comprender.

La familia es la primera escuela de autoridad. Allí un niño aprende que alguien puede decirle “sí” o “no”, ponerle límites, corregirlo y, al mismo tiempo, quererlo profundamente. Cuando esta experiencia es equilibrada, el niño descubre que la autoridad no es enemiga de su libertad, sino que puede ayudarlo a crecer.

Para los cristianos, esta experiencia tiene además una dimensión más profunda. Dios mismo se nos revela como Padre. No como un poder que aplasta, sino como alguien que ama, sostiene, corrige y conduce. Por eso, la buena autoridad humana puede ayudar a descubrir algo del rostro de Dios; y, por el contrario, una autoridad ejercida con violencia, arbitrariedad o desprecio puede llegar incluso a oscurecer esa imagen.

Pero no siempre la experiencia familiar es positiva. Si la autoridad del padre o de la madre ha sido vivida como arbitraria, humillante, violenta o imprevisible, el joven puede comenzar a mirar con desconfianza a cualquier persona que ocupe una posición de autoridad. A veces una corrección de un profesor, un sacerdote, un entrenador o un jefe puede despertar una reacción mucho mayor de la que la situación parece justificar. No necesariamente porque esa autoridad haya actuado mal, sino porque el joven ha aprendido a protegerse.

La Iglesia tiene aquí una gran responsabilidad. Una parroquia, una comunidad cristiana, un colegio o un grupo juvenil pueden convertirse en lugares donde un joven encuentre adultos distintos: personas que sepan escuchar, que permanezcan cerca, que pongan límites con respeto y que no abandonen cuando aparecen los problemas.

También existe el problema contrario. Cuando en la casa casi no hubo límites, cuando nadie sostuvo con serenidad una norma o cuando los adultos prefirieron evitar todo conflicto, el joven puede llegar a pensar que cualquier límite constituye una agresión contra su libertad. Después resulta difícil aceptar horarios, responsabilidades, disciplina, obediencia o consecuencias por los propios actos.

Esto no significa que todo joven que tenga dificultades con la autoridad haya tenido malos padres. Tampoco significa que todos los problemas familiares terminen necesariamente en conductas conflictivas. Cada persona tiene su propia historia, y existen muchos otros factores que influyen: el ambiente social, los amigos, la escuela, las redes sociales, la violencia del entorno y la propia personalidad.

Sin embargo, hay algo que la experiencia y la investigación muestran con bastante claridad: los jóvenes aceptan mejor la autoridad cuando encuentran adultos coherentes, cercanos y firmes; personas que saben escuchar, pero que también saben decir “no”; que no humillan, pero tampoco renuncian a educar; que explican las razones de una norma y que cumplen lo que prometen.

El Evangelio ofrece en Jesucristo el modelo más alto de esta manera de ejercer la autoridad. Quienes lo escuchaban se admiraban porque enseñaba “como quien tiene autoridad” (Mt 7,29). Pero esa autoridad nunca fue dominio ni abuso. Jesús mismo enseñó a sus discípulos: “El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor” (Mt 20,26). La autoridad cristiana no busca imponerse sobre el otro, sino servir a su bien.

Por eso, la verdadera autoridad no consiste en gritar más fuerte ni en imponerse por miedo. Tampoco consiste en permitirlo todo para evitar problemas. La autoridad que educa combina afecto y exigencia, cercanía y límites, comprensión y responsabilidad. Es una autoridad que sabe acompañar y también corregir.

Esto es especialmente importante en lugares donde las familias viven situaciones difíciles, donde existe violencia, abandono, consumo de drogas, delincuencia o grandes tensiones sociales. En esos ambientes, un joven necesita encontrar adultos que le muestren que existe otra manera de relacionarse: sin violencia, sin humillación y sin miedo.

La Iglesia tiene aquí una gran responsabilidad. Una parroquia, una comunidad cristiana, un colegio o un grupo juvenil pueden convertirse en lugares donde un joven encuentre adultos distintos: personas que sepan escuchar, que permanezcan cerca, que pongan límites con respeto y que no abandonen cuando aparecen los problemas.

Muchas veces un joven desafiante no necesita primero una sanción mayor, sino encontrar una autoridad distinta de las que ha conocido. Una persona que permanezca, que no abandone, que sea justa y que le haga sentir que su vida vale la pena.

También necesita descubrir que obedecer no significa perder la libertad. En la visión cristiana, la libertad no consiste simplemente en hacer lo que uno quiere, sino en aprender a elegir el bien. Por eso toda verdadera educación busca ayudar al joven a llegar a ser responsable de sus propias decisiones.

Reconstruir la autoridad comienza entonces por reconstruir la confianza. Y esa tarea corresponde a todos: padres, profesores, sacerdotes, dirigentes sociales y todos aquellos que tienen alguna responsabilidad sobre los jóvenes.

El cristiano sabe, además, que ninguna autoridad humana es absoluta. Toda autoridad debe responder ante Dios y estar al servicio de la verdad, de la justicia y del bien de las personas. Precisamente por eso puede ser obedecida con libertad y confianza. La autoridad verdadera no aplasta. Hace crecer. Y cuando se vive como servicio, puede llegar a ser también un reflejo de la paternidad de Dios.

Por: Obispo de San Bernardo, monseñor Juan Ignacio González Errázuriz

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí