Halloween: ¿qué estamos enseñando a nuestros hijos?

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COLUMNA DE OPINIÓN

No necesitamos celebrar la oscuridad cuando hemos sido llamados a vivir en la luz.

Cada año, al acercarse el 31 de octubre, vemos cómo se extiende entre nosotros la celebración de Halloween. Niños disfrazados de brujas, demonios, monstruos y personajes aterradores recorren las calles buscando dulces, mientras los comercios y los medios de comunicación promueven una fiesta que se ha incorporado progresivamente a nuestras costumbres. Ante esta realidad, los padres cristianos deberían hacerse una pregunta: ¿qué estamos celebrando y qué estamos enseñando a nuestros hijos?

No se trata de afirmar que un niño que se disfraza o recibe dulces esté cometiendo un pecado. Tampoco corresponde atribuir intenciones malignas a quienes participan de buena fe en estas actividades. Pero una cosa es reconocer la inocencia de muchos niños y otra muy distinta aceptar una celebración que presenta como entretenidos y atractivos símbolos relacionados con el demonio, la brujería, la violencia y la muerte.

Los símbolos educan. Los niños aprenden no solamente de lo que les decimos, sino también de aquello que celebramos, admiramos y presentamos como divertido. Por eso, no es indiferente acostumbrarlos a jugar con imágenes del mal, con la figura del demonio o convertir la muerte en un espectáculo de terror. La fe cristiana nos enseña que el mal existe, que el demonio es una realidad y que Jesucristo ha venido precisamente para librarnos del pecado y de la muerte.

Existe, además, otra razón para no promover Halloween: su celebración termina muchas veces por oscurecer una de las fiestas más hermosas del cristianismo, la solemnidad de Todos los Santos, el 1 de noviembre. Celebramos la multitud de hombres y mujeres que han llegado al cielo. No solamente a los santos declarados, sino también a tantos padres y madres de familia, sacerdotes, religiosos, jóvenes, trabajadores y personas sencillas que vivieron fielmente su vocación cristiana y ahora gozan de la presencia de Dios. Ellos nos recuerdan que nuestra vida tiene un destino eterno, que hemos sido creados para amar a Dios y que la santidad es posible en medio de las ocupaciones ordinarias.

¡Qué diferencia entre presentar a nuestros niños figuras monstruosas y enseñarles la vida de san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san José, santa Teresita del Niño Jesús, san Alberto Hurtado o santa Teresa de los Andes! Los primeros pueden despertar miedo o fascinación por lo tenebroso; los santos nos muestran la belleza del amor, la generosidad, la valentía, el sacrificio y la alegría de vivir cerca de Dios.

Invito a los padres cristianos a no celebrar Halloween y a buscar otras maneras de festejar con sus hijos la solemnidad de Todos los Santos: encuentros familiares o parroquiales en los que los niños se disfracen de sus santos preferidos, conozcan sus historias, compartan dulces y participen en juegos y actividades que transmitan alegría y esperanza. Sobre todo, sería hermoso que las familias asistieran juntas a la Santa Misa del 1 de noviembre, para dar gracias a Dios por tantos ejemplos de santidad. Al día siguiente, 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a recordar y rezar por nuestros fieles difuntos. Es una ocasión privilegiada para visitar los cementerios, enseñar a los niños a rezar por sus abuelos y familiares fallecidos, y explicarles que la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo ha resucitado.

Recuperemos la alegría de celebrar a Todos los Santos. Celebremos la santidad, no el miedo; la vida, no la muerte; la victoria de Cristo, no las imágenes del mal.

Por: Obispo de San Bernardo, monseñor Juan Ignacio González Errázuriz

 

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