Opinión: La paz social comienza en nuestro corazón

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COLUMNA DE OPINIÓN

Vivimos en una sociedad cada vez más violenta. Lo comprobamos diariamente en las noticias, en las calles, en las familias y hasta en nuestras conversaciones. La violencia se manifiesta en los delitos, en las agresiones contra las personas, en los conflictos familiares, en el trato entre vecinos y en las palabras que utilizamos para referirnos a quienes piensan de manera diferente. Las redes sociales se han convertido muchas veces en espacios de insultos, descalificaciones y amenazas. Parece que estamos perdiendo algo fundamental para vivir juntos: el respeto por los demás.

Es natural que ante esta situación reclamemos mayor seguridad, leyes eficaces, justicia oportuna y una acción decidida de las autoridades. Todo ello es necesario. El Estado tiene la obligación de proteger a las personas y combatir la delincuencia. Pero debemos hacernos también una pregunta más personal: ¿qué puedo hacer yo para disminuir la violencia y contribuir a la paz social? La paz no depende solamente de las autoridades. Se construye también con nuestras actitudes cotidianas. Quisiera proponer algunas que todos podemos practicar.

Primero, aprender a dominar nuestro carácter. Muchas situaciones violentas comienzan con una reacción desproporcionada, una palabra ofensiva o una respuesta impulsiva. Saber controlar la ira, tener paciencia y no responder a una agresión con otra es una señal de fortaleza, no de debilidad. No todo lo que pensamos debe decirse, ni todo lo que sentimos debe transformarse en una acción.

Segundo, recuperar el respeto por las personas. Nadie pierde su dignidad porque piense distinto, tenga otra condición social o haya cometido un error o incluso un delito. Podemos discrepar firmemente, pero sin insultar ni humillar. Esto es especialmente importante en nuestras familias, donde los niños aprenden a relacionarse con los demás observando cómo se tratan sus padres y los adultos.

Tercero, cuidar nuestras palabras. ¡Cuánto daño puede causar una palabra dicha con rabia! Los insultos, los garabatos habituales, las burlas, las descalificaciones y los rumores destruyen relaciones y generan resentimientos. San Pablo aconsejaba a los primeros cristianos: «No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino la que sea buena para edificar» (Ef 4,29). Sería bueno preguntarnos si nuestras palabras construyen o destruyen, si acercan o separan a las personas.

Cuarto, aprender a escuchar, perdonar y pedir perdón. Muchas divisiones familiares se prolongan durante años porque nadie quiere dar el primer paso hacia la reconciliación. Perdonar no significa justificar las injusticias ni renunciar a la verdad, sino impedir que el odio se apodere de nuestro corazón. Y pedir perdón exige humildad, una virtud indispensable para la convivencia.

Quinto, practicar la honradez y respetar las normas. No podemos quejarnos de la corrupción, de la delincuencia o de la falta de respeto a la autoridad mientras justificamos nuestras propias pequeñas transgresiones. La paz social exige ciudadanos honestos, responsables y respetuosos de las leyes justas y de los derechos ajenos. Estacionarse donde esta prohibido, subir el auto a la vereda, no respetar las reglas del tránsito, saltarse la cola, etc., tambien deteriorar la convivencia social.

Sexto, preocuparnos por los demás. La indiferencia también deteriora la convivencia. Interesarnos por un vecino que vive solo, ayudar a una familia necesitada o sin trabajo, acompañar a un anciano o apoyar a quien ha sufrido un delito son maneras concretas de construir una comunidad más humana y solidaria.

Finalmente, debemos educar para la paz con nuestro ejemplo. No podemos esperar que los niños y jóvenes rechacen la violencia si crecen viendo agresiones, gritos y desprecio entre los adultos. La familia es la primera escuela de convivencia, respeto y solidaridad.

Jesucristo nos dejó una enseñanza que hoy adquiere especial actualidad: «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Fijémonos bien: no dice solamente felices los que desean la paz, sino los que trabajan por ella. La paz exige esfuerzo, renuncias, dominio de sí mismo y preocupación por los demás.

Quisiera hacer un llamado concreto a todas las familias y vecinos: comprometámonos a hacer de nuestra comunidad un lugar donde se viva con mayor respeto, solidaridad y paz. Comencemos por nuestros hogares: que desaparezcan los insultos, las amenazas y las agresiones; que los padres den ejemplo de buen trato y que los hijos aprendan a respetar. Recuperemos la buena vecindad: saludémonos, conozcámonos, ayudémonos y no permanezcamos indiferentes ante quien sufre. Apoyemos a las víctimas de la violencia, denunciemos responsablemente los delitos y busquemos ayuda cuando exista maltrato familiar. Ninguna violencia debe ser ocultada ni justificada.

No esperemos que otros comiencen. Propongámonos, desde hoy, evitar una palabra ofensiva, reconciliarnos con alguien, ayudar a un vecino o intervenir prudentemente para evitar un conflicto. Que cada familia se convierta en una escuela de paz y cada vecino en un constructor de concordia. La Iglesia nos enseña que la paz es obra de la justicia y fruto del amor. Junto con exigir a las autoridades que cumplan sus deberes, asumamos también nuestra responsabilidad personal.

Termino con una pregunta que cada uno puede llevar a su conciencia: ¿hay más paz en mi familia, en mi barrio y en nuestra comunidad porque yo estoy presente?

Por: Obispo de San Bernardo, monseñor Juan Ignacio González Errázuriz

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